La prepotencia y el autoritarismo de los dirigentes de Arena los llevó a creer que en sus manos y en su voluntad estaba la felicidad de este pueblo, lo mismo que ordenar y “ganar batallas” políticas y económicas; a través de los años, los terratenientes han tenido la potestad de “fecundar” y decidir sobre la tenencia de la tierra; los industriales de ordenar y hacer leyes a su conveniencia, y los “otros” de impulsar el comercio. La oligarquía, los dueños de Arena, siempre han tenido la libertad para mandar lo que les diese la gana; para declarar “guerras” contra el mismo pueblo que avasallan, contra los que se han atrevido a protestar o rebelarse.
No han leído sobre los tristes y dramáticos acontecimientos de 1932, cuando más de 25 mil salvadoreños fueron masacrados por las huestes militares dirigidas por el dictador Maximiliano Hernández Martínez? O ustedes pensaron que esta voraz clase social iba a ceder ante las exigencias de doce de sus serviles? Ellos, por medio de sus testaferros y lacayos, desde siempre han recogido los impuestos (o tributos?) de sus siervos, también han capturado y asesinado a quienes consideraron sus enemigos de clase, a los “comunistas”, como ellos les llaman...
Con estupor hemos leído sendos comunicados del partido Arena y del Coena, en donde al referirse a los doce diputados expulsados de este instituto político afirman que “al centro de esta conspiración, nos alertan diferentes fuentes, estarían José Luis Merino, miembro del Comité Político del FMLN y Herbert Saca, primo del expresidente Saca”. Asimismo, señalan que “es lamentable que estas actuaciones perversas se den en momentos de crisis económica, generando aún mayor inestabilidad, pérdida de inversiones y fuga de capitales para nuestro país y para nuestra gente”.
En primer lugar, se quiere sacar un grave problema de las instancias del partido Arena y alojarlo como originado en el contexto externo; en segundo, otorgarle inexplicablemente poderes omnímodos al señor José Luis Merino, uno de los dirigentes del FMLN, llevado a poses superiores por las mismas urgencias y necesidades de la extrema derecha de contar con un chivo expiatorio en quien descargar o enfocar todas sus propias debilidades y, desde luego, hechos supuestamente contra la democracia y el orden establecido, como ha sido debidamente registrados en casos como secuestros, extorsiones, "marchas violentas" o "acciones de desestabilización", en su momento, contra los regímenes areneros.
En tercer lugar, esa pretendida justificación y resistencia a aceptar problemas de división, de autoritarismo, prepotencia y verticalismo en su partido o en sus estructuras de dirección, no hace más que precipitar la caída sin retorno de Arena; lo han dicho y sostienen sus viejos cuadros, como David Panamá, y observadores de la política nacional que desde hace largo rato vienen dando seguimiento a los tumbos y turbulencias internas de un instituto político hijo de la guerra y fundado sobre los cadáveres de miles de patriotas salvadoreños. El señalar a personas o políticos de otros partidos como los “causantes de la conspiración”, no sólo es de una pobreza mental absoluta, sino que refuerza las causas esgrimidas en su oportunidad por los doce diputados disidentes para separarse de las estructuras partidarias y actuar de manera independiente en la Asamblea Legislativa.
En otro comunicado, el director departamental y, supuestamente, la Asamblea Departamental conjunta de San Salvador, condenan“la actitud infantil, traicionera, alevosa y rebelde de los DOCE DIPUTADOS quienes guiados por los conocidos Judas, tratan de quebrantar la Institucionalidad de nuestro partido y de nuestro lema de Paz, Progreso y Libertad”. Por qué acusarlos de traidores e infantiles? Si tradicionalmente, por largos años, han seguido los lineamientos de la dirigencia y de los fundadores y patrocinadores del partido Arena. Lo que ha ocurrido con estos diputados y otros dirigentes departamentales, municipales y bases de Arena, es que se cansaron de obedecer, de aceptar órdenes y cumplirlas.
Ellos, como políticos y activistas experimentados, se han dado cuenta que su instituto político ya no tiene el mismo arrastre que en años anteriores, ya no cuenta con el respaldo ni de sus mismos seguidores, que miles de salvadoreños, sobre todo sobreviviendo en condiciones de extrema pobreza, ya abrieron los ojos y se han convencido que todos estos años fueron manipulados electoralmente por el poder económico. El buscar un puesto en los cargos de dirección debe ser una aspiración legítima y expresamente otorgada por los estatutos de un partido político. Es parte o deber ser parte de la democracia interna de un instituto político, así como de una nación.
La discrepancia y la protesta en Arena ha sido siempre sinónimo de traición, de conspiración y de “atentado contra la estabilidad de la nación”. Nunca hemos sabido que se discutan sus estatutos, ni sus consignas ni mucho menos sus principios; eso sería tanto como quitarle la sangre al cuerpo humano. Simplemente se ha tratado de darle vigencia a su espíritu, a su letra; pero en este partido a sus patrocinadores, a sus dueños, no sólo se les considera como dioses, sino que también se les exigen milagros.
Cuando leemos en los libros de historia que algunos faraones egipcios, algunos sátrapas asirios y varios césares romanos pretendieron que se les adorase como a dioses, y mandaron elevar sus estatuas en los templos, nos sentimos inclinados a pensar que se trató de locos, de megalómanos que llegaron hasta el desequilibrio mental en sus alucinaciones egoístas, de insanos, que perdieron la razón mareados por la posición de mando en que se encontraron. No les parece similar con los capataces y dueños de Arena? Sólo la demencia parece explicar esa aparente confusión entre “conspiradores” y “redentores”, entre los que aparentan tener la razón y los acusados de “traidores”; hay muchos en el interior de ese pandemónium que son carne de manicomio, lamentablemente orates, como folclóricamente lo expresan los salvadoreños.
Los dirigentes de Arena llegaron a la plena convicción que gobernarían este país por siempre y jamás pensaron que “los rojos” alguna vez pudieran llegar al poder político; sus cantos, sus consignas, sus instrucciones verbales y escritas a mandos medios y bases estaban orientadas a incrustarse en todas las esferas gubernamentales, a entregar plazas “fantasmas” en la burocracia, a “repartir parcelas” de tierras a sus militantes; los poderes de que estaban investidos los representantes de la oligarquía en Casa Presidencial, eran ilimitados. Igual que los césares, emperadores y faraones que hemos mencionado.
Pero hay que decir que tampoco tenían limitación sus responsabilidades, puesto que se suponía que todo podían hacerlo; se esperaba de ellos (Cristiani, Calderón Sol, Francisco Flores, Antonio Saca) que todo lo hicieran y esto era lo ordenado por los grupos económicamente poderosos. Grave culpa les correspondía si algunas de las cosas que se creía que podían hacer no las hiciesen. Saca fue tolerado, pero nunca admitido en ese círculo.
La prepotencia y el autoritarismo de los dirigentes de Arena los llevó a creer que en sus manos y en su voluntad estaba la felicidad de este pueblo, lo mismo que ordenar y “ganar batallas” políticas y económicas; a través de los años, los terratenientes han tenido la potestad de “fecundar” y decidir sobre la tenencia de la tierra; los industriales ordenar y hacer leyes a su conveniencia; los “otros” impulsar el comercio. La oligarquía, los dueños de Arena; siempre han tenido la libertad para mandar lo que les diese la gana; para declarar “guerras” contra el mismo pueblo, contra los que se han atrevido a protestar o rebelarse. No han leído sobre los tristes y dramáticos acontecimientos de 1932, cuando más de 25 mil salvadoreños fueron masacrados por las huestes militares dirigidas por el dictador Maximiliano Hernández Martínez? O ustedes pensaron que esta voraz clase social iba a ceder ante las exigencias de doce de sus serviles? Ellos, por medio de sus testaferros y lacayos, desde siempre han recogido los impuestos (o tributos?) de sus siervos, también para capturar y asesinar a quienes consideraron sus enemigos de “clase”, a los “comunistas”.
En Arena se pensaba y se piensa asíí. Existen los que mandan y los que obedecen, aceptan órdenes y cumplen. Célebre es la frase del ex-general Ochoa Perez, conocido como el asesino de cinquera, cuando expresó que "en Arena se obedece, o estás frito". Nada tiene de extraño el que algunos de ellos (miembros de la oligarquía) acabasen por creerse dioses, hijos del cielo, nietos del sol, con poderes sobrenaturales, si los naturales que les habían sido conferidos, por obra y gracia de la herencia, del apellido, eran enormes, y si de fuerzas sobrehumanas habrían necesitado disponer para dar satisfacción a las expectativas en ellos puestas, y algunas de las cuales en realidad no podían siempre satisfacer. Por eso hacemos la inevitable comparación con los faraones. Qué decir de sus matrimonios, sino que fuesen siempre fecundos; y de sus primogénitos, que siempre fuesen varones; que las lluvias llegasen a tiempo y no resultasen excesivas o catastróficas; que las cosechas fuesen abundantes. En este país existen millonarios que una o dos veces al año viajan a países africanos para participar en safaris y en la cacería de alces, leones, tigres y otras especies. Lo mismo no tienen empacho en pagar los grandes impuestos por sus residencias particulares en los Estados Unidos y en otros países del mundo. Aquí, sin embargo, ya están protestando por la simple revisión fiscal impulsada por el gobierno del FMLN.
Los doce diputados han sido expulsados, la misma suerte correrán otros que se atrevan a protestar contra los designios de “los dioses” de “los faraones”. No es nada simbólico, es simplemente parte de la realidad de este pueblo; pero una cosa es clara: ni los mismos potentados o dioses podrían hacer que al mismo tiempo fuese de día y de noche, que simultáneamente fuese invierno y verano, que los fabricantes pudiesen pagar altos sueldos a sus operarios y vender barato lo que ellos fabricasen, que con impuestos reducidos se acometiesen obras costosas. Los dioses mismos, en los casos en que los intereses son encontrados, no pueden sino escoger quedar bien con un partido o con el otro, sin poder nunca conseguir la armonía de contentar a los dos; o del lado de los tirios o del de los troyanos combatían los dioses del Olimpo, no de los dos lados al mismo tiempo. Sólo un loco podría creer que es posible que avance un carro sin que un caballo tirase para adelante y otro hacia atrás, que de dos cosas estrechamente unidas una pueda subir y otra bajar. Arena es una fiera mortalmente herida, no está en cuidados intensivos, sino en los estertores de la agonía!
Pocote


